Muchas veces, los niños llegan al aula con un bagaje de emociones (preocupaciones, tristeza, enojos, frustraciones, etc.) que pueden interferir en la incorporación de los contenidos.
Entonces, ¿qué pasaría si, por ejemplo, antes de iniciar una clase el docente planteara un minuto de respiración profunda con los ojos cerrados? ¿Podría ser que una práctica espiritual como esta ayudara a bajar los niveles de estrés emocional y permitir que el ingreso de los conocimientos sea más fluido?

Desde Apreal, entendemos la «espiritualidad», no desde un sentido religioso, sino como la cualidad de «espiritual» del ser humano: espiritualidad es ser conscientes de que, además del cuerpo y la mente, existe el espíritu. Lograr la unidad entre esas esferas (mente-cuerpo-espíritu), tener coherencia entre lo que se piensa, lo que se siente y lo que se hace, permite la autogestión emocional y una mejor autogestión del conocimiento.
El consumo de contenidos vinculados con las prácticas espirituales está presente en la educación del siglo XXl, desde la sala maternal hasta las aulas universitarias. Ser conscientes de ese contenido de espiritualidad implica aprender a ser partes de un colectivo cultural, manteniendo la individualidad.
Asimismo, si los niños viven en casa un clima donde la meditación, la relajación, el autoconocimiento se han instalado para quedarse, entonces el aula -como espacio donde se construye el conocimiento- también debería incluir estas variables para guardar coherencia.
El ser humano cuenta con estructuras cerebrales que colaboran con la producción de la espiritualidad individual. A partir de un estudio realizado por el neurólogo estadounidense Kevin Nelson (incluido en su libro The Spiritual Doorway in the Brain), conocemos que el cerebro posee estructuras capaces de generar espiritualidad y, como consecuencia, existe una predisposición genética para ella. Estas estructuras se encuentran en el sistema límbico (conocido también como cerebro emocional) que se activa al entrar en contacto con prácticas espirituales.
¿Cómo vincular, entonces, las prácticas didácticas con este fenómeno? ¿Cómo vivir la espiritualidad dentro del aula? ¿Qué pasaría si se estimulara esa parte biológica del cerebro con simples ejercicios o respiración?
Sabemos que, dentro del aula, además de un cerebro que aprende, hay un cerebro que siente, con lo cual, vivir experiencias que colaboren con el alumno a trascender más allá de un contenido académico, forma parte de una tendencia innata del cerebro.
Así como aprender música, matemática, lengua son actividades naturales para el cerebro, vivir la espiritualidad dentro del aula también debería serlo. Contar con un plan de estudios que considere la dimensión trascendental del ser humano, pone al alumno en las puertas de un aprendizaje alternativo.
Sería interesante sentar, desde la gestión educativa, las bases para una pedagogía alternativa que incorpore la espiritualidad dentro de los programas escolares, y que pueda dar un marco y un entorno apropiados para que los docentes puedan llevar adelante prácticas coherentes dentro del aula.
Para dirigirnos hacia una educación de vanguardia de la mano de un aprendizaje alternativo, será esencial ayudar a que el alumno se conecte -a través de la espiritualidad – con el autoconocimiento, para que logre bajar sus niveles de estrés emocional y pueda mejorar la autogestión de los conocimientos que recibirá de parte del docente.
Lic. Elisa Dopaso
Directora de Apreal. Licenciada en Gestión Educativa. Máster en Docencia Universitaria. Especialista en Neurodidáctica y Brain Gym. Facilitadora de Touch For Health. Facilitadora de Terapias Energéticas Breves. Coach Ontológica Certificada. Ex-docente de la Maestría en Coaching y Cambio Organizacional, USAL. Profesora de Química y Química Aplicada.

